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Enrique Castellanos Rodrigo
Domingo, 25 de junio de 2017
Pero lo que siempre me llamó más la atención fue su capacidad de poder descubrir agua en terrenos áridos. Y no es que fuese una especie de zahorí porque, en realidad, sus antecedentes así lo desmentían.

¿Qué es un Maestro del Agua?

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Una vez conocí a uno, a un maestro del agua. Después de él no he conocido a nadie que supiese acerca del mundo del agua tan profundamente. Era un experto del agua. Era capaz de saber el punto de origen de una corriente de un río con tan solo ver, oler y saborear el agua.

Una vez conocí a uno, a un maestro del agua. Después de él no he conocido a nadie que supiese acerca del mundo del agua tan profundamente. Era un experto del agua. Era capaz de saber el punto de origen de una corriente de un río con tan solo ver, oler y saborear el agua. Si tocaba con las yemas de sus dedos el fondo de una charca, te podía listar los elementos químicos presentes en el agua. Acertaba siempre con la temperatura del agua con tan solo acercar su mejilla. También era capaz de adivinar cualidades del agua observando su color. En definitiva, era un auténtico maestro del agua. Supongo que esa clase de habilidades solo se podían adquirir después de haber pasado por mil exámenes de ese elemento.

Además, su capacidad de mimetización con el líquido elemento era notable. Dominaba todos los estilos de buceo. El buceo no autónomo le había permitido investigar grutas sumergidas decenas de kilómetros bajo el agua. Practicaba la apnea desde muy joven, cuando desarrolló su capacidad junto a las Ama o las pescadoras de perlas del Japón. También, como experto submarinista, podía sumergirse a grandes profundidades controlando perfectamente la descompresión, ya fuese a través de un equipo convencional o de un equipo con nitrox, para aumentar así los tiempos de sumergencia.

Pero lo que siempre me llamó más la atención fue su capacidad de poder descubrir agua en terrenos áridos. Y no es que fuese una especie de zahorí porque, en realidad, sus antecedentes así lo desmentían. Sin embargo, sí que tenía una especie de vínculo con ese líquido vital. En alguna ocasión me pareció incluso que hablaba con el agua… quizás esto se debiera más a mi admiración a ese extraño sexto sentido que tenía que a la realidad misma. Seguro que la imaginación de mi mente, alimentada por miles de entrevistas hechas a los personajes más histriónicos del planeta, también era otro factor que acrecentaba mi visión exagerada de las cosas.

No obstante, sea como fuere, nadie me podrá negar jamás que este hombre era el ser más extraordinario que había conocido. Creo (y lo pienso firmemente) que él era parte del agua. Quizás su misma personificación. Porque ese elemento guiaba sus actos y sus pensamientos. Defendía la naturaleza y el medioambiente con energías que parecían no acabarse nunca. Era un cruzado de la Ecología y, cómo él decía muchas veces,” la naturaleza existía gracias al agua. El agua es la vida”, decía. “La vida nace del agua”, añadía.

Me decía que todas las noches soñaba lo mismo. Se imaginaba sumergido en líquido cristalino, sintiendo su frescura, con su mirada atravesando la transparencia del agua hasta ver en la superficie como los rayos del sol caían atravesándola y llegaban hasta su rostro.

En su trabajo inspeccionaba las aguas utilizando una caja con un kit de muestreo de agua y análisis de campo compuesto por vasos con válvula esférica y tubos de sondeo. Este equipo le permitía obtener un análisis químico, biológico y bacteriológico de las aguas. También recogía muestras del fondo de los lugares que inspeccionaba como los de los ríos, mares y manglares. Luego lo enviaba todo al laboratorio donde se analizaba minuciosamente. Los resultados completaban su informe y finalmente podía escribir las conclusiones finales.

Una vez me contó una historia. Estaba perdido en medio de un río. Bajó del tronco donde estaba, en un árbol plantado en medio de un cauce, hasta coger un poco de agua en la palma de su mano. La probó sin tragársela. Comprobó el grado de salinidad. Concluyó que aún se encontraba a bastante distancia del estuario por lo que el mar aún estaba lejos. Eso le tranquilizó. Calculó de nuevo. Convirtió los 20 kilómetros en 15. Esa mengua en la distancia le ayudaría a la hora de regresar al lugar desde donde había partido antes de que su lancha se hundiese. Después estuvo durante unos largos segundos observando la dirección del curso del río. La corriente era casi imperceptible por lo que puso a flotar algunas hojas para ver su recorrido. Unos minutos después tuvo claro la dirección a la que ir y el primer recodo por el que debía de conducirse. Después nadó y nadó. Se transformó en agua y se dejó llevar por la corriente hasta que las primeras luces del alba le transportaron a su hogar.

Aquella historia me gustó. Descubrí que los grandes talentos también estaban en las cosas sencillas.

En otra ocasión me contó la técnica para saltar al agua desde una gran altura. Había que mantener en tensión todos los músculos del cuerpo para no hacerse daño. Saltar al agua superando los 15 metros era cómo arrojarse a una losa de hormigón si la entrada al agua no era limpia. Esa era la altura que debía de sortear al surcar el aire y clavar su cuerpo en el agua. Cuando tuvo que hacerlo apenas tenía unos segundos para decidirse y prepararse. Elegir mal tendría las mismas consecuencias que las que pretendía un saltador aficionado. Aquel día no quería acabar con el cuello roto y la cabeza aplastada.

Entonces y después de estos alarmantes detalles, me dijo que se colocó en el límite de la roca del acantilado donde estaba. Su mirada se clavó en las aguas revueltas del mar. Las olas formaban espumas blancas al golpear contra las piedras. Focalizó un punto de entrada. Encontró uno que se percibía menos oscuro, libre de rocas. Era demasiado estrecho. Pero era el único posible. No tenía más tiempo para buscar otro. Tomó aire, levantó los brazos, flexionó las rodillas y se lanzó de cabeza al agua. Mantuvo la postura mientras formaba una parábola en el aire. Comenzó a descender con rapidez desde el acantilado. Pocos segundos después, su cuerpo entró en el agua rompiendo con sus manos la superficie. Apenas salpicó. Uno de sus hombros rozó una enorme roca. Descendió como una flecha hacia la profundidad del océano. El mar se lo tragó inmisericorde. Cuando volvió a la superficie aún estaba vivo. El agua le sonrió y le acogió en su regazo. A diferencia de los miles de marineros que el mar se tragaba él aseguraba que el agua jamás podría acabar con su vida porque un hermano nunca es capaz de matar a otro. Pensé, al escucharlo, que la historia de la humanidad lo desmentía pero quise, aunque fuese por unos instantes, soñar con esa esperanza tardía.

También era un deportista acuático. Me explicó cómo prepararse antes de una larga inmersión bajo el agua sin un equipo autónomo. Realizó primero una serie de estiramientos para disminuir el volumen residual y preparar a su organismo para absorber un volumen efectivo. Me explico que había que poner especial cuidado en preparar la caja torácica. También había que contraer y estirar el diafragma todo lo máximo que se pudiese. Después, había que comenzar a respirar profundamente, manteniendo un ritmo normal. Al hacerlo, las aletas de la nariz se inflaban y el rostro parecía hincharse. Así había que estar durante unos 15 minutos, manteniendo la cuenta entre inspiración y expiración, manteniendo la vista en el horizonte, sintiendo el golpe suave de la falta de oxígeno de manera abrupta y momentánea. Luego inspirar profundamente por la nariz con la boca cerrada. También había que hacer una pequeña pausa al final de la bocanada. Luego, comenzar a espirar poco a poco con los labios semiabiertos, como si uno estuviese soplando. Hacerlo lenta y pausadamente. Y lo más importante evitar en todo momento hiperventilarse por hacer demasiado rápido esta secuencia de ejercicios. Lo quise intentar pero me ocurrió algo extraño. Casi muero asfixiado pero no por la falta de oxígeno sino por casi reventar mis células por su exceso.

Lo que también le capacitaba como maestro del agua era el hecho de haber visto los lugares más asombros donde el agua dominaba el territorio, como el aspecto de los lagos salados que cambiaban continuamente mientras el sol evaporaba el agua y el sol iba arrasando los cauces. O zonas acuosas completamente tóxicas. O los colores del entorno cambiantes según la composición de las algas que, a pesar del corrosivo ambiente, habían sido capaces de adaptarse. Incluso había llegado a ver vida en estado pleno cuando uno de los lagos albergaba cientos de Flamencos que se atiborraban de comida entre los géiseres del lago Boboría, bañándose en aguas causticas y esperando el brote de las algas para servirse su menú. Era espectáculos fabulosos. Cosas como estas y semejantes cubrían sus recuerdos y fijaban en el infinito la impronta captada por sus retinas. Al escucharle sentí la envidia del que le hubiera gustado vivir todas y cada una de sus aventuras como maestro del agua.

Una vez me dijo unas palabras que nunca se me olvidarán: “Yo estuve en el lago subterráneo más grande del Planeta. Un secreto conocido solo por unos pocos. Un limitado número de privilegiados que saben la ubicación del lugar que almacenaba el bien más valioso del Planeta tierra, el agua, un recurso incluso más importante que el petróleo”.

Fue después de muchos días juntos a él que por fin me reveló su nombre. No sé por qué esperó tanto tiempo para hacerlo. Se llamaba Ulises Flynn. Me pareció un nombre un tanto mitológico. Pero de todas formas era un buen nombre.

Aquí puedes encontrar más información acerca de las aventuras de este maestro del agua, Los Crímenes del Agua, Las Aventuras del Profesor Ulises Flynn

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