Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies

Enrique Castellanos Rodrigo
Jueves, 9 de noviembre de 2017
Los océanos están muriendo y con ellos todos nosotros.

El Pulpo Gallego nos está mandando un mensaje de SOS

Guardar en Mis Noticias.

Este Otoño lo empecé mirando al cielo y acompañado de Amable, un pescador de “O Grove” (Pontevedra, España) nacido y criado en las aguas Gallegas

Este Otoño lo empecé mirando al cielo y acompañado de Amable, un pescador de “O Grove” (Pontevedra, España) nacido y criado en las aguas Gallegas. Lo primero que hizo nada más verme fue darme un fuerte apretón de manos (que casi me saca el hombro de su sitio). Después, mirándome con ojos empañados en la tristeza, compartió conmigo sus pesares. Entre ellos estaba el hecho de que la lluvia se había hecho esperar tanto, que parecía que había desaparecido. Los pescadores del lugar echaban de menos que los cielos rugiesen con rayos y truenos. Anhelaban que las aguas de las rías inundasen los terrenos aledaños con sus típicos temporales de las costas del Atlántico. En ese instante estuve casi seguro de que Amable había lanzado, durante los meses pasados, más de una plegaría esperando a que eso ocurriese. Su espíritu permanecía, no obstante, incólume e inmarcesible.

 

 

Aquel día me esperaban varias sorpresas. La primera fue la de degustar un caldo gallego hecho a base de berzas, patata y carne de cerdo. La mujer de Amable, doña Carmiña, se ofreció a compartirlo en el momento en el que puse los pies en su humilde hogar. Era aquel un lugar que respiraba hospitalidad a borbotones. Con ese combustible en el cuerpo, Amable y yo estábamos preparados para afrontar la jornada que nos esperaba por delante. Pronto llegamos al muelle donde Amable tenía amarrado su viejo barco de pesca llamado “La Alegría”. Su tripulación ya estaba preparada y los motores de la embarcación rugían a ralentí.

 

 

Hicimos la travesía hasta aguas adentro de manera sosegada, como si el acto de romper la superficie del agua fuese algo sagrado. Aspiré la brisa del mar casi con ansia, sabedor de que esa clase de pureza era imposible encontrarla en la ciudad donde habitualmente residía. Las pequeñas boyas que flotaban en la superficie aparecieron como pequeños lingotes de oro. Señalaban el lugar donde Amable y sus hombres habían colocado pequeñas nasas (jaulas que contenía caballa para servir de cebo para el pulpo). Esta clase de pesca tradicional y respetuosa con el medio ambiente significaba, empero, sacrificios que solo estaban dispuestos a hacer quienes amasen la mar con absoluta dedicación y reverencia.

 

 

Comenzamos la jornada de captura de las nasas a las 8 de la mañana. Era un día gris que nos regaló una llovizna escasa y dilatada, como si una sola gota se rompiese en cinco para luego diluirse en el aire sofocado. Cuando el reloj alcanzó las 2 de la tarde, habíamos recogido más de 200 nasas y sólo había pulpo en 5 de ellas. Poco premio para tanta esperanza. Entonces lo comprendí todo.

 

 

Amable me explicó que la falta de lluvias, la falta de temporales y la suciedad del fondo del mar estaba esquilmando la población del pulpo. Como yo soy un tanto analítico, Amable me lo explicó en términos económicos. Me explicó que en la Lonja el kilo del pulpo se vendía el año anterior entre 10 y 12 euros y que este año rozaba los 15 euros debido a su escasez y que era probable que los precios siguiesen subiendo. Yo asentí ante su explicación como si eso fuese la clave de todo. No quise imaginarme el precio al que el proveedor se lo estaría vendiendo al restaurante.

 

 

Sin embargo, Amable rechazaba el mensaje simplón que lanzaba la economía. Él veía más allá que todo eso. El viejo pescador me hizo ver la realidad de la situación de una manera que jamás se me olvidará. Se puso de rodillas sobre la madera ennegrecida de la cubierta, junto a la barandilla de proa. Extendió su brazo hacia el mar. Intentó alcanzar con su mano desnuda un puñado de agua. El agua resbaló enseguida por la palma de su mano y se escapó entre sus dedos. Entonces se puso en pie y, con la mirada perdida en el horizonte, me dijo:

 

 

-De la misma manera y con la misma rapidez, se nos está escapando la vida en la Tierra. Los océanos están muriendo y con ellos todos nosotros. Y lo único que hacemos es intentar coger el agua entre las manos. No hay nadie que de verdad entienda que lo que necesitamos ya es meter un cubo y llenarlo de agua, de vida. No hay remedios globales. Únicamente hay pequeños gestos que no son suficientes.

 

 

Después, con el alma rota, me anunció que volvíamos a casa porque, por hoy, todo había acabado.

 

Página de Autor

Acceda para comentar como usuario Acceda para comentar como usuario
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Aticultura • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress